Introducción Hawk

Las estrofas salen de mi boca impactando contra la pantalla del ordenador.

Mi voz sesgada retumba devolviéndome las frases que yo mismo he construido, porque si para alguien canto, es para mí.

Llámame egoísta, pero es así. Hace tiempo que descubrí que nada es más importante que uno mismo y que si en algún momento alguien pretende que creas lo contrario, es mejor salir por piernas sin mirar atrás.

Todos tenemos una cárcel personal que nos impide ver más allá de lo que queremos.

Normalmente, la puerta de la celda donde nos sentimos recluidos permanece cerrada. Pero solo basta con darle un ligero empujón para que nos demos cuenta de que siempre estuvo abierta para nuestra consternación.

Con miedo, sales al pasillo, recorres los descascarillados túneles de tu mente, pasando los dedos por paredes que se desmoronan bajo tu tacto. Das un paso detrás de otro, al principio con miedo de que alguien descubra tus intenciones de salir. Aun así, sigues, tembloroso, con el pavor apresando tu pecho, impidiéndote respirar con normalidad. No importa que sepas que es justo lo que necesitas, porque el terror a lo desconocido jamás te da tregua. Sigues avanzando, tratando de dejar atrás aquel lugar donde nada suma y todo resta.

Tus titubeantes pisadas se convierten en una carrera hacia lo desconocido. Oyes las voces atrapadas en celdas que eran contiguas a la tuya alertándote de que fracasarás, que aquel es tu lugar, que la vida es incapaz de depararte algo mejor, porque no lo mereces.

Y, por una vez, solo por una maldita vez, decides silenciarlas, obviarlas y continuar tu particular huida hacia delante.

Abres la puerta principal y te das de bruces con la fulgurante luz del sol. En un primer instante, te ciega por su fortaleza, por su brillo y notas cómo el calor te envuelve en su calidez para que, de nuevo, sientas el abrazo de la vida que nunca debiste perder.

Has llegado al patio, los carceleros aguardan tu decisión, allí plantados, con sus miradas controladoras que te aplastan como apisonadoras. Pero hoy no vas a dejarles hacerlo, hoy has decidido que ni siquiera ellos te van a detener. Y es justo en ese instante cuando tomas la determinación de que ya basta, que eres el único capaz de sacarte de allí, así que te abres paso entre ellos, sin que opongan mayor resistencia que sus miradas interrogantes, cargadas de dudas que te hieren como lanzas. «¿Serás capaz de salir?».

Y cuando alcanzas la última puerta, y te enfrentas a todo lo que te perdiste, te das cuenta de que tú siempre fuiste el único capaz de sacarte de aquel sitio. Que las llaves siempre estuvieron en el bolsillo trasero de tu vaquero, porque no hay muros más altos que los que uno levanta para sí mismo.

Termino la última nota y espero a que el acorde final se funda con el silencio. Me reclino en la silla sintiéndome en paz conmigo mismo.

Hawk, ese es mi nuevo yo, mi alter ego, el que vuela como un halcón, libre, sin ataduras; sin miedo a que el sol abrase sus plumas, porque sabe que lo único que va a hacer es calentarlo para que no se sienta solo. Ya no hay cárcel, solo la libertad de ser yo mismo.

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