Introducción La Vane

Me pasé las manos por el pelo, observando el último cambio de look que descansaba sobre mis hombros en forma de extensiones; estaba cansada, llevaba más de un mes con el mismo estilismo y ya me había aburrido. Sí, ya sé que para la mayoría de los mortales eso no es mucho, pero es que yo no soy como la mayoría, aunque eso ya lo sabes.

Si le preguntaras a mi madre, te diría que era una niñita adorable, pizpireta, curiosa, abierta y muy activa hasta que en la adolescencia me salieron garras y dientes afilados que me acercaban más al demonio de Tasmania que a la preciosa Rapunzel, con quien le gustaba compararme. Aunque, si tengo en cuenta que en la nueva versión de Disney se hincha a dar sartenazos, sería una opción válida tras el paso de la peor etapa de mi vida.

Algunas chicas, en la pubertad, pasan de oruga a mariposa, y yo, en cambio, lo hice de lombriz a mantis religiosa. Cortar a las indeseables por lo sano era lo que mejor se me daba.

Ahora se limitaban a tirarme las dagas por la espalda, cual lanzador de cuchillos de circo, sin contar con que mi coraza se había vuelto terriblemente dura con el tiempo. No había quien me tosiera sin recibir un zarpazo o, lo que era peor, un tijeretazo.

La edad y el paso de niña a mujer me habían otorgado tres peligrosas armas de las que todos huían: mi lengua afilada, unas tijeras con las que podía dejarte calva y unos tintes mágicos con los que era capaz de que tu cabeza pareciera el hogar de una gaviota cabrona con incontinencia fecal. Te puedes hacer una idea.

No me mires así, a ti no voy a hacerte nada.

Seguí atusando mi melena con los dedos, buscando en el reflejo del tocador de mi salón de Barcelona la seguridad que me caracterizaba. Allí estaba, omnipresente como el Dios del que siempre nos hablan pero nunca vemos. Aunque, en mi caso, si miraba con atención, solo veía a aquella pringada cuatro ojos, con dientes de hojalata y más granos que una paella valenciana que con catorce años era vapuleada sin piedad por una corte de mariposas monarca.

Ahí estaba, en el fondo del espejo, igual que en el instituto, sentada en la última fila, con miedo a que ellas agitaran sus esplendorosas alas y me volvieran a pegar un chicle en el pelo que incrementara mi incipiente colección de trasquilones.

Agité la cabeza, pasando por los lugares exactos donde años atrás mi madre había tenido que meter la tijera como si todavía pudiera palparlos. Traté de expulsar la congoja que me sacudía frente al recuerdo. Ya no era aquella chica temerosa, La Vane había tomado su puesto. Mi nueva yo era como la protagonista de aquella telenovela colombiana que solía ver mi madre cuando tenía siete años. Betty la fea ya no lo era tanto, había aprendido a sacarme partido y mi recién estrenada popularidad hacía que todos quisieran salir conmigo. Paradojas del destino.

Menudos idiotas, no tenían ni puta idea de nada, se limitaban a mirar mi fachada de brillos y purpurina como si fuera un animal exótico del zoo presuponiendo que, si se arrimaban lo suficiente o pasaban por la cama de la friki del momento, se les pegaría algo. Sentía verdadero asco por la hipocresía de algunos.

Pero en esta sociedad impera la ley de la selva, y eso todos lo sabemos. Solo sobrevive el más fuerte y el que cuenta con los mejores aliados, aunque, a veces, quien menos te lo esperas te da un zarpazo.

La imagen de King me sacude de la cabeza a los pies como cada día, apropiándose sin permiso de un instante para él. Así había sido desde el colegio, desde que mis ojos se posaran en aquello que nunca podría tener. Ya podría haberme fijado en Jesús o en José, pero no, me fijé en el más popular, y así me había ido.

Damián Estrella era la maldita piedra en mitad del camino con la que no te cansas de tropezar y, aun viéndola en la distancia, a sabiendas de que, si te acercas, la hostia va a ser monumental, corres hasta alcanzarla como si la vida te fuera en ello, no vaya a ser que otra gilipollas se la pegue por ti.

¡Idiota, idiota, no soy más que una idiota rematada cuando se trata de él!

Ya llevaba dos años sin verlo, dos años desde que se largó sin importarle dejarme atrás. Un cobarde, eso es lo que era. Nunca había tenido el coraje suficiente para enfrentarse a lo que había entre nosotros y, a la más mínima, huía a la otra punta del planeta si hacía falta, con el único objetivo de alejarme todo lo que pudiera. Aunque ahora era yo la que no quería verlo ni en pintura, incluso dejé de preguntar por él a su hermana, mi mejor amiga. Quería erradicarlo de mi vida y de mis pensamientos, pese a que esto último había resultado misión imposible. Me hubiera gustado ver a Tom Cruise intentando sacarse a Damián de la cabeza, ni con una lobotomía habría podido hacerlo. Resoplé.

No le guardaba rencor, porque eso querría decir que todavía me importaba y no lo hacía. Así que me limitaba a levantarme cada día pensando que ojalá, cuando se subiera la cremallera del pantalón, se pillara un huevo. Ya sabes, un pellizquito de amor kármico que le recordara qué pocos cojones le había echado a lo nuestro y lo cabrón que había sido conmigo. Esperaba que la ley de la atracción funcionara más que nunca.

Di por terminado el pensamiento, ahora debía centrarme en mí y en la noche que se avecinaba. Pronto vendría a recogerme la limusina. Hoy era el día, tenía una nueva gala a la que acudir con Esme, Lorena y Borja. Mi chico venía directamente del aeropuerto, Andrés iba con César y mis amigas, que eran sus chicas. Mi vida parecía ligada a esa familia sí o sí: amiga que tenía, amiga que se liaba con un hermano Estrella. Si Bertín no hubiera sido como era, habría probado suerte con él, aunque, por las miradas que me echaba cuando estaba con Borja, sospechaba que su interés iba más hacia mi chico que hacia mí.

Nunca me había gustado viajar apretujada, así que decliné la oferta de ocupar la quinta plaza del vehículo y le pedí a Nani que me mandara la Celebrity, su última adquisición en el negocio de las limusinas. Una extravagancia pintada de blanco con motitas de purpurina que la hacían resplandecer. Montada en ella, no pasabas desapercibida, que era lo que pretendía. Cuando La Vane llegaba a un evento, el mundo se llenaba de color, aunque mi corazón permaneciera cubierto de gris acero.

Qué bonita fachada tenía la choni del momento. «Basta», me ordené a mí misma. No me gustaba autocompadecerme, yo sola salí de la prisión de las mariposas y ahora nada ni nadie iba a poder conmigo. Elevé las comisuras de los labios activando mi mejor atributo: la sonrisa.

El espectáculo daba comienzo. Yo soy La Vane y, a quien no le guste, que se la rebane.

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