Introducción Mr. Star

Sangre, sangre roja por todas partes, su hedor perforaba mis fosas nasales y no lograba ubicarme. ¿Me había desmayado?

Traté de ponerme en pie, pero estaba descalza, lo que provocó que resbalara y volviera a caerme, embadurnándome todavía más en la rojiza espesura.

Giré la cabeza tratando de asegurarme de que solo se trataba de una pesadilla, no podía ser otra cosa. Los old fashioned que había bebido en la fiesta seguro que me estaban pasando factura y se trataba de un delirio fruto del alcohol.

Seguramente estaba durmiendo en mi cuarto, sobre mis carísimas sábanas de mil hilos de algodón egipcio y, en cuanto despertara, todo volvería a la normalidad.

A lo lejos escuché las sirenas, las voces irrumpiendo en el silencio de mi hogar. Las linternas revoloteaban como luciérnagas deslumbrándome con su gran potencia por completo. Traté de incorporarme y un dolor agudo me perforó la cabeza, las voces de los policías me dieron el alto pidiéndome que no me moviera.

Todo fue excesivamente rápido. Me vi esposada en un visto y no visto, levantada en volandas y con el abrecartas que mi padre me regaló a los dieciséis años cubierto de líquido bermellón abandonado en el suelo de mármol.

—Yo no he hecho nada, tienen que creerme. Él estaba ahí cuando llegué —murmuraba. Apenas tocaba el suelo mientras aquellos tipos me sacaban sin escuchar una maldita palabra de lo que estaba diciendo. Tenía la boca pastosa y el pulso errático—. Escúchenme, ¿es que no saben quién soy? —Si lo sabían, me ignoraron. Me metieron en la parte de atrás de un coche de policía y le dieron un par de golpecitos para que arrancara. No podía estar ocurriéndome eso a mí, ¡a mí! Esmeralda Martínez Castro, hija del prestigioso abogado Pedro Martínez Ceballos y ganadora del Premio Influencer del Año.

De ahí venía precisamente cuando el mundo decidió romperse en dos y enviarme al mismísimo infierno sin salir de casa.

5 minutos antes

Regresaba de la gala, que había terminado más tarde de lo que imaginaba.

Tenía el estómago revuelto de tantos old fashioned, mi bebida predilecta; sobre todo, por la cereza Marasquino que tanto me gustaba paladear al final de la copa.

Por lo menos habían caído cuatro, y es que Chiara, la vencedora del año anterior, no dejaba de invitarme para celebrar la buena nueva. Así terminé bastante perjudicada y entrando a casa descalza, pues no me veía capaz de seguir sobre mis Louboutin sin besar el suelo o partirme el cuello. Quizás hubiera sido mejor eso que no enfrentarme a lo que me esperaba dentro.

Marqué el código de acceso para entrar a la vivienda. Mi padre era un maniático de la seguridad y, además de cerrar con llave, activaba un código que bloqueaba la puerta, tanto para entrar como para salir. Por si fuera poco, lo cambiaba una vez cada quince días. Decía que sus clientes eran demasiado importantes y la documentación que guardaba en el despacho de casa, altamente confidencial. No se fiaba de dejarla en el bufete de paseo de Gracia, donde tenía su base de operaciones.

Nunca fui santo de su devoción y, si lo era, lo llevaba tan oculto que jamás me había enterado de ello.

Se separó de mi madre cuando yo tenía seis años. Era un adicto al trabajo, así que ella apenas le veía el pelo y yo tampoco. Toda su vida se resumía en dos cosas: trabajar para ser el mejor abogado de Barcelona y no decepcionar el buen nombre de su familia. De eso ya me encargaba yo.

Mis padres se enamoraron durante la carrera y se casaron sin el beneplácito de mis abuelos paternos. Creo que fue la única vez que mi padre les llevó la contraria, aunque fuera por un resbalón indeseado del que surgí yo.

Mi madre era preciosa, pero tenía dos defectos insalvables que los Martínez Ceballos no toleraban: era de un pueblo de Jaén y no tenía donde caerse muerta. Ellos, que casi tenían concertado el matrimonio de mi padre con la hija de los Peña.

Como era de esperar, el amor se agotó y, finalmente, el día de mi sexto cumpleaños, mi progenitora y yo regresamos a Bailén con una buena pensión compensatoria como regalo. «Este es el acuerdo para que no le falte nada. Fírmalo y seréis libres». Esas fueron sus últimas palabras.

Tras aquello, lo vi unas nueve veces en nueve años, además de una llamada en Navidad o en mi cumpleaños y una Visa que iba recargando para los regalos. Ese fue nuestro único contacto hasta que el destino quiso que en dos años perdiera a las tres personas que conformaban mi reducida familia, mis abuelos y mi madre, dejándome como única persona en el mundo a aquel hombre cuya estima no se había ganado.

Y ahora no tenía ni tan siquiera eso. Estaba muerto, desangrado en el suelo tal y como lo había encontrado.

La sangre salía a borbotones de su pecho y aún respiraba cuando entré en un vano intento de salvarle la vida; hizo un sonido estremecedor, como si los pulmones se estuvieran anegando.

Grité un «papá» que hacía años que no sentía, corrí y resbalé cayendo al suelo precipitadamente para golpearme la cabeza con el canto de la mesa. El porrazo casi me tumba, pero saqué fuerzas de flaqueza para agazaparme sobre el abrecartas que le estaba sesgando la vida y traté de quitárselo. Lo arranqué y creo que fue lo peor que pude hacer, pues el chorro de sangre impactó contra mi rostro volviéndolo todo negro. Creo que, de la impresión, me desmayé, al mismo tiempo que los ojos se le cerraban llevándose su último suspiro de vida.

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