Introducción Thunder

La oigo gritar, la oigo patalear, incluso suplicar y yo solo puedo pensar: «Por favor, Jen, para, vas a empeorar las cosas».

Nuestro perro me mira con aire incierto, está flaco, delgado, un saco de huesos repleto de violencia y hambruna.

Estoy atado a su lado, huele mi miedo, pero no puedo permitirme sentirlo. Esa emoción, junto con la sangre de las heridas de cinturón que tatúan mi espalda, es el cóctel perfecto para que ataque.

Tengo varias marcas de sus dentelladas profundas, un día incluso estuvo a punto de arrancarme un trozo de carne y solo lo impidió el cubo de agua helada que le lanzó el payaso borracho de la caravana de al lado.

Escucho un golpe seco en el interior de nuestra casa rodante, un grito inocente que se me clava en el alma y, después, silencio; eso es lo peor.

Mi hermana ya no grita, ya no llora y eso me preocupa porque estoy convencido del motivo de aquella ensordecedora quietud.

Nuestro perro Tristán está allí como guardián de mis castigos. Mi padre se encargó de que no pudiéramos cogerle cariño, estaba tan desnutrido que a la mínima atacaba para saciar su apetito.

Sabía que esa noche no podría dormir porque eso suponía cruzar la delgada línea entre seguir vivo o morir bajo su ataque. Así era como me quería mi padre, siempre en alerta, como cuando me hacía practicar su elemento, la cuerda floja. Quería criarme a su imagen y semejanza, siempre me achacaba que era un flojo y que en Rumanía los entrenos a los que lo sometieron de pequeño eran mucho peor.

La espalda me dolía por la paliza recibida a manos de mi progenitor, pero no era nada comparado con el dolor de ver como para ellos, mis propios padres, solo era un objeto, una inversión para ganar algo más de dinero, una atracción de circo que querían rentabilizar junto a mi hermana de cinco años. Eso dolía mucho más.

Cerré los ojos por un instante y sentí su aliento fétido antes de que atacara, me impulsé con las piernas para bloquearlo apuntando con mis pies desnudos a su cuello. Todavía no estoy muy seguro de cómo lo hice, pero el resultado fue su última exhalación.

Lo vi morir ante mi golpe, sus ojos estaban suplicantes entre agradecidos y agónicos, una mezcla que no fui capaz de soportar sin que cayera una lágrima por mi rostro. Él no merecía ese final, ambos habíamos sido producto de la inconsciencia de mi padre. Si hubiéramos crecido en otra familia, las cosas habrían sido diferentes. Él, seguramente, habría sido un perro amado y feliz; y yo me podría haber dedicado a ser un simple niño.

Esa noche me hice un juramento, pese a mi corta edad, lucharía con uñas y dientes para protegernos a Jen y a mí. Me aferraría a la esperanza de labrarnos un futuro que nos permitiera alejarnos de toda esa mierda de vida. No sabía cómo iba a hacerlo, pero sí sabía que esa era la última vez que me ponían una mano encima.

Lo acaricié hasta que el último suspiro de vida lo abandonó, creo que sentí su gratitud por terminar con aquella mierda de vida que le había tocado. Me permití llorar por él, por mi hermana y por mí en completo silencio para que nadie me escuchara y tratara de que me tragara mis propias lágrimas.

«Descansa», murmuré para mis adentros tratando de hacer lo mismo. Ya no iba a tener miedo, las cosas iban a cambiar. Me acurruqué al lado de aquel cadáver que descansaba en libertad.

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