Introducción Xánder

Tic, tac, tic, tac. El segundero retumba en la fría esfera de cuarzo, recordándome que cada instante que pasa, es un suspiro menos en mi incómoda existencia.

Así ha sido desde que tengo uso de razón, mis momentos nunca han sumado, simplemente restaban de aquellos que me quedaban por vivir, aquellos que me empujaban a mantenerme a flote, aún sin saber muy bien por qué me seguía aferrando a la vida.

Ajusté los gemelos a los puños de mi camisa. Nunca había soportado las cosas fuera de lugar, todo lo que alguna vez había escapado a mi control, lo había reducido a una simple incomodidad, como aquella arruga que se resistía a perecer bajo el acero de la plancha, aun sabiendo que estaba condenada a fundirse bajo su calor.

Me sentía como aquella miserable arruga, luchando a sabiendas que terminaría sucumbiendo bajo el vapor abrasador.

Miré mi reflejo en el espejo, clavando el frío verde de mi mirada en la alargada figura que me contemplaba desde el otro lado. ¿Quién era yo? ¿Fui feliz alguna vez? Aquel hombre me cuestionaba echándome en cara con su mirada retadora la falta de cojones para no terminar con mi miserable existencia y desaparecer de una puta vez.

Ojeé la camisa blanca que desaparecía impecable bajo el gris del traje. Ese día no me puse corbata, a mi cliente no le gustaban y yo siempre recordaba las preferencias de mis clientes. Era bueno en mi trabajo, el mejor, y eso me impulsaba a satisfacer todas y cada una de sus necesidades. Aunque eso me hundiera más y más en la mierda hasta hacer insoportable el mero hecho de respirar.

Giré la muñeca en un intento por ver la hora. Me quedaban unos minutos, los necesarios para echar unas gotas de perfume en los lugares clave. No demasiado, el punto exacto para que el sutil aroma masculino se mezclara con mi piel, dándole esa esencia única que me distinguía de los demás.

Paseé la mano por mi firme mandíbula cubierta por una corta barba de apenas unos días, pulcramente arreglada. Era la medida justa, aquella que al pasearla por un trozo de piel la raspaba dejando una marca rojiza. Mi marca.

Ajusté el cuello de la camisa, alzándolo ligeramente. Me fijé en las puntas de los zapatos negros, italianos, que asomaban resplandecientes.

Absolutamente todo estaba en su lugar. Cogí aire llenando al máximo mis pulmones y soltándolo minuciosamente. Siempre lo hacía así, justo antes de salir a trabajar, en un vano intento de calmar mis demonios interiores que pugnaban una y otra vez clavándome sus tridentes. Les sentía saborear el momento previo a mi marcha, arrastrando los últimos resquicios de mi obsoleta alma a un lugar sin retorno, un espacio desolador donde la esperanza se había extinguido hacía mucho tiempo.

Me llamo Xánder Asimakopoulos y estoy condenado a vivir en el infierno.

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Xánder: En la noche más oscura siempre brilla una estrella

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Xánder 2: Hasta un alma herida puede aprender a amar.

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