ENTRADAS

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SINOPSIS

Dicen que lo malo no es tropezar varias veces con la misma piedra, sino encariñarse con ella.
La mía tenía nombre, apellido y una profesión que debería estar prohibida para un hombre como él:
Mino Ulloa, ginecólogo, sieso y desintegrador de bragas profesional.
Su afición a las «manualidades nocturnas» lo llevó a enamorarse de alguien a quien no había visto nunca: mi cuñada.
Un intercambio de identidades en el pasado, un despido muy procedente y un ex al que era mejor olvidar me llevaron a hacerme una promesa:
«No iba a caer en la tentación ni a empujones».
Por cierto, me llamo Lucía, soy enfermera titulada y la tostada siempre se me cae por el lado de la mantequilla.

ADELANTO DEL PRIMER CAPÍTULO


CAPÍTULO 1

Segunda afirmación del día:
 
«Controlo mis respuestas y reacciones»

Lucía

«No,no,no,no y no! ¡Pero cómo era posible!».

¿Tonia? ¿En serio? ¡Pero si su único mérito era saber colocarse las extensiones de pestañas sin mirar y tener más followers que pacientes atendidos en su cuenta de Instagram. ¿Es que el jefe se había vuelto loco?

—No te hagas mala sangre, Lucía, todas sabíamos que el puesto debía ser tuyo. —Analí pasó la mano por mi espalda, ella era mi paño de lágrimas y la que siempre buscaba animarme cuando las cosas se ponían feas.

—Pero es que me había esforzado muchísimo, y ya no digo solo estudiando. He doblado turnos, cambiado los de las compañeras cuando tenían compromisos, he pasado fechas señaladas sin ver a mi familia para que otros estuvieran con la suya y… No es que me las dé de nada, sabes que todo lo he hecho de corazón, pero es que me da rabia que ella, que sigue la ley del mínimo esfuerzo y del máximo escaqueo, sea la nueva jefa. ¡Si antes trabajaba poco, ahora lo va a hacer menos!

—Lo sé, nena, lo sé. Un puto asco. Las malas lenguas dicen que lleva un tiempo liada con el nuevo jefe de Urgencias, que es íntimo del jefe y ayer estrenó su nuevo puesto.

—Un momento… ¿Han echado a Mejías?

—Más bien se ha marchado, le salió un puesto en un hospital privado de Nueva York y ha decidido saltar el charco en lugar de hundirse en el nuestro. A veces envidio el coraje que le echan algunos. La sanidad en España está cada vez peor, y en otros lugares del mundo está mucho mejor pagada y valorada. De hecho, si yo estuviera en tu situación, ya habría hecho las maletas hacia algún lugar del mundo donde cobrara un pastizal.

—Sabes que soy un poco cagada para esas cosas. Además, están mi madre, Carlos y ahora Luz.

—Tu hermano tiene a Luz, tú misma lo has dicho. Y vale que tu madre también está sola, pero tiene a su hermana, las vecinas con las que juega al chinchón cada tarde y el vibrador que le regalaste para su cumpleaños. En cambio, tú, ¿qué tienes?

—A ti, a mi familia, a Paco, el trabajo y unas aspiraciones que me acaban de joder.

—Exactamente, te acaban de joder. ¿Y piensas dejarlo así? Yo de ti iría a pedirle explicaciones al jefe o, por amor propio, me buscaría otro lugar donde me valoren más que aquí. Porque yo no puedo arriesgarme, que si no, lo llevaban claro. —Su mirada de determinación me encendió un poco, aunque, rápidamente, me desinflé.

—Pero este es mi sitio, vosotros sois mi otra familia: tú, Rosa, Sandra, Bea… Nada sería igual sin vosotras.

—¡Por todos los santos, a nosotras nos tendrás siempre! Y sé sincera, ¿no estás un pelín harta de paliativos? Se te da de vicio, no digo que no, pero esto quema a cualquiera y, con tu situación emocional, quizá podrías plantearte otra especialidad como obstetricia. Eso sí que da alegría.

—¿La otra cara de la moneda?

—¿Qué? Traer niños al mundo es una delicia, con ese aroma a bebé y esas caritas adorables. Puesta a plantearte cambiar de trabajo, podría ser un acierto.

—¡Yo no me estoy planteando nada! ¡Eres tú quien me está inflando la cabeza con las aspiraciones que tú no puedes llevar a cabo! ¡Hasta hace dos minutos, mi única intención era ser jefa de planta!

—Ya, pero así es la vida, a las nueve estás aquí siendo la número uno del mercado… —alzó la planta de la mano y después la bajó abruptamente—, y a las nueve y cinco te desplomas y quedas descatalogada. Hasta hace dos minutos, pensábamos que el puesto era tuyo y no de esa impresentable de Tonia. Las cosas cambian y el mundo avanza a una velocidad de vértigo. Te lo digo yo, que ayer me levanté siendo una cría cuyo mayor problema era escoger un coletero y esta mañana me preguntaba cómo era posible que me hubiera salido una cana en la almendra. ¡Joder, que no soy tan mayor! En cuanto la he visto, he pedido hora para hacerme la depilación definitiva. Me niego a tener el parrús blanco.

—Exagerada, que solo es una…

—Se empieza por una y se acaba con todo el monte nevado. Además, que yo solo llevaba un bigotillo a lo Hitler. Mejor dejar las SS y salir del régimen. Creo que mi último ligue se asustó al verse cara a cara con el dictador.

—Serás burra…

—Yo seré lo que quieras, pero por una vez en la vida échale huevos y plántate. Tu yo del futuro te agradecerá mis consejos.

La cabeza me daba vueltas. En alguna ocasión había pensado cambiar de especialidad o incluso de hospital, pero no era una mujer excesivamente osada, los cambios me daban mucho respeto. Si no hubiera sido así, no habría aguantado tantas palizas por parte de mi marido.

¿Que cómo lo permití?

Pues porque al principio mi ex era un chico encantador. Nos conocimos en una fiesta de la Universidad de Medicina. Varias estudiantes de Enfermería acudimos en busca de médicos buenorros y algo de diversión. Allí estaba él, tan guapo, tan rubio, tan alto, tan perfecto… Y yo, en un rincón, con mi refresco de cola, cara de asustada y un grupo de amigas cuyo objetivo principal era ligarse a un futuro prometedor.

Cuando nuestras miradas se encontraron, sentí ese chispazo del que hablan en los libros. Sus ojos avellana se me antojaron los más cálidos del mundo.

Siempre había sido de templados otoños y fríos inviernos.

Mis vacaciones soñadas eran en una preciosa cabaña en mitad de una montaña nevada, con una inmensa chimenea de piedra que desprendiera aroma a madera encendida.

Yo estaría arrebujada en el sofá, envuelta en una manta, con un buen libro en una mano y un tazón de chocolate humeante en la otra.

Aquella deseada imagen fue lo que me transmitieron sus ojos. Por eso, cuando se acercó a mí con una sonrisa del color de los copos de nieve, fui incapaz de fijar la atención en nadie más que no fuera él.

Tenía mucha labia, venció mi timidez y me arrancó varias sonrisas, algo que te garantizo que en aquel entonces no era tarea fácil. Incluso me sacó a bailar cuando sonó la primera lenta, pegando mi cuerpo al suyo. Olía tan bien…

Nos intercambiamos los teléfonos, me acompañó a casa y volvió a ofrecerme otra sonrisa que hizo crepitar mi abdomen. Fue tan dulce y considerado que, a partir de aquella noche, mi mundo se convirtió en Daniel.

Quedábamos casi a diario, largos paseos, tardes de cine, besos que susurraban promesas de futuro y mi primera vez con un chico.

Ambos terminamos de estudiar. Él me sacaba tres años y esperó a que me dieran el título para proponerme matrimonio. Acepté sin pensarlo y en unos meses me convertí en la mujer del prometedor traumatólogo Daniel Rivas.

En aquel entonces pensaba que era muy considerado, que todo lo que me aconsejaba lo hacía por mi bien. Tenía una manera de hacerme ver las cosas que me convencía de que estaba equivocada con mis enfoques. ¿Te he dicho que era muy persuasivo? Pues lo era, al extremo.

Ahora, desde la madurez y mis sesiones de terapia, comprendo que no se trataba de preocupación, sino de dominación.

Al principio fue «No salgas con tus amigas, que nos quitan tiempo para estar juntos», «¿Para qué necesitas salir solo con ellas? ¿Acaso te molesto o es que quieres conocer a otro?», «¿Por qué llevas esa falda tan corta o esa blusa tan ajustada? ¿Quieres que piensen que eres una buscona?».

Me convenció de que mis decisiones eran erróneas, de que lo que lo movía era el amor que sentía por mí. Quería que estuviéramos siempre juntos porque estaba muy enamorado y no soportaba la idea de que los demás me faltaran al respeto o se confundieran por mi forma de vestir. ¡Qué idiota era!

Los escotes se convirtieron en jerséis de cuello alto o camisas abotonadas hasta el cuello, las faldas siempre por debajo de la rodilla, que era señal de discreción y elegancia, y el maquillaje muy sobrio, nada llamativo que pudiera identificarme como una cualquiera.

Terminé distanciándome de todo y de todos. Vivía por y para él, además del trabajo, claro. Estábamos en hospitales distintos, lo que me daba un poco de oxígeno, hasta que un día vino a buscarme por sorpresa y me vio bromeando con un celador.

Aquella fue la primera vez que me puso la mano encima.

Esperó a que saliera y, cuando estábamos a solas en el parking, estaba muy serio, así que le pregunté qué le pasaba. Me cruzó la cara de un guantazo, alegando que acababa de dejarlo en ridículo. Que estaba tonteando con otro en sus narices, que; seguramente, sería el hazmerreír del hospital por mi culpa, por extralimitarme y tontear con los compañeros. Que, si pretendía acostarme con otros, era mejor que nos separáramos.

Me sentí tan mal, tan y tan mal, que incluso llegué a pedirle disculpas.

¡Qué imbécil fui! Aquello solo fue el pistoletazo de salida y, cuando quise darme cuenta, estaba inconsciente, en mitad de un charco de sangre, con el brazo partido y mi hermano dándole una paliza de muerte.

Si Carlos no hubiera aparecido con su compañero, porque los vecinos habían llamado pensando que nos estaban robando, no sé si seguiría con vida. O, lo que es peor, si habría vuelto a perdonar a mi marido escudándome en mi mala conducta.

 Sé lo que piensas, tú y cualquiera que esté leyendo estas líneas, pero cuando te conviertes en una mujer maltratada la realidad toma un cariz distinto. Lo justificas todo, hasta lo imposible. Te conviertes en una sombra, una extensión de tu maltratador que es pisoteada, ninguneada y vapuleada de formas inimaginables, y aun así piensas que no mereces nada mejor de lo que tienes. Porque él te quiere y su manera enfermiza de hacerlo es la que das por buena.

Te conviertes en tu peor carcelera, porque tienes las llaves, pero no la fuerza para dar un paso al frente, abrir la puerta y desprenderte de los barrotes donde malvives en una realidad paralela.

Cuando me desperté en el hospital y vi la cara bañada en lágrimas de mi madre, fue como un tiro directo al corazón.

—¿Por qué no nos contaste nada? —fue su única pregunta.

Y mi respuesta, un silencio amargo envuelto en lágrimas de impotencia, aquellas que caían de mis ojos cuando nadie me veía, con la única diferencia de que ahora la mujer que me dio la vida estaba delante de mí.

Se dice que las mujeres maltratadas lo son porque reflejan patrones que han vivido de pequeñas en su familia. Puede que sea así en algunos casos, no en el mío.

En casa se respiraba tanto amor que podías palpar mullidos corazones flotando en el ambiente. Mi padre jamás nos puso una mano encima, era un hombre tan recto como cariñoso y miraba a mamá como si ella fuera auténtica magia.

Fue así hasta el día en el que falleció, el peor día de nuestras vidas. Sobre todo para mi hermano, quien sufría los estragos de la adolescencia y estaba peleado con él cuando la vida se le escapó entre los dedos.

Carlos nunca se perdonó que papá se marchara sin que él pudiera disculparse. Lo pasó francamente mal. Intentó convertirse en un buen poli, seguir sus pasos y, de algún modo, devolverle el orgullo que debería haber sentido por su hijo. Sé que, si el cielo existe, papá tendrá el pecho hinchado cada vez que lo observe sentado desde una nube. Mi hermano era el mejor del mundo, bueno, cariñoso y con unos principios que más de uno querría para sí.

En el hospital pasé unos días duros, extremadamente duros, donde yo era mi peor enemiga. El médico insistió en que recibiera ayuda psicológica y le dije que no se preocupara, que en el hospital donde trabajaba recibíamos atención psicológica semanal. Allí fue donde Menchu, la psicóloga que nos atendía a los de paliativos, entró en mi cabeza con toda la caballería.

Mi mochila era enorme, cargada de prejuicios e inseguridades. El trabajo que desarrollaba no ayudaba. Ver morir a otros seres humanos, muchas veces a sabiendas de que eran maltratadores como Daniel, no era tarea fácil. No podía discriminar a nadie, debía atenderlos como a cualquiera, sin importar que esa escoria humana hubiera puesto la mano encima a su mujer o a sus hijos.

A veces veía mi propio reflejo entre los enfermos, mujeres aterradas que estaban pasando lo que yo callaba. Y mi voz les daba consejos, la misma que en casa se apagaba paliza tras paliza. Era de locos.

Mamá fue la primera que me cogió de la mano cuando me dieron el alta y me dijo, mirándome con sus ojos tan parecidos a los míos:

—Estaremos para cogerte al primer salto, pero debes darlo tú sola, sin ayuda. Debes tener la entereza de saber que eres capaz para afrontar lo que venga después de que tomes la decisión de dar un paso hacia delante. Tú eres la que debe irse y acudir a un abogado. Y, si lo haces, tanto tu hermano como yo permaneceremos a tu lado, acompañándote, decisión tras decisión.

Tenía razón, ellos no podían forzarme a nada, yo era la responsable de mi vida, de mis decisiones y de mis actos. Mis padres no habían criado a dos hijos débiles, sino a dos personas capaces de reconocer que, si se equivocaban, debían tener la valentía de admitirlo y acarrear con las consecuencias. Entendía por qué lo hacía: no quería verme como una de esas mujeres aterradas, sino que quería que le plantara cara a la vida, aunque me costara. Y no sabes cómo se lo agradezco.

Le pregunté si podía mudarme con ella mientras cogía fuerzas para buscar un piso para mí sola. Mamá sonrió, apretó la mano donde no llevaba la escayola y me dijo que su casa siempre sería la de todos, tanto de mi hermano como mía, aunque él viviera solo desde hacía años.

Carlos nos acompañó a mi antiguo hogar, mi marido no estaba en casa cuando nos presentamos. Cogí lo que me cabía en dos maletas, de lo demás no quería saber nada. Todo eran recuerdos y lo que yo quería era que desaparecieran, llenar mi mochila de otros más nuevos.

La separación no fue sencilla, a mi hermano lo condenaron por pegar a un civil y mi ex salió prácticamente de rositas. No hay nada como tener un buen abogado para que tape tu mierda. Además de que aprovechó un instante en el que fui sola al baño para arrinconarme y decirme que, si no quitaba la denuncia, haría lo que fuera para acabar con la carrera de mi hermano.

Lo hice a escondidas, de eso no saben nada mamá y Carlos, sobre todo él, jamás me lo hubiera permitido. Pero no podía hundirle la vida, bastante tuvo con la suspensión de empleo y sueldo y el castigo que le impuso el juez para controlar su supuesta agresividad que lo llevó a pegar, casi hasta la muerte, al doctor Rivas.

La lectura positiva de todo aquello fue que, si no hubiera sido por esa sentencia, mi hermano no habría acudido a las clases de «yoga para inadaptados» que daba Luz. Así que, como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga.

Esperaba que su historia de amor saliera bien. No como la mía.

La historia con Daniel no terminó ahí. Él seguía insistiendo en que se le había ido de las manos, que estaba acudiendo a terapia para controlar su ira interior, que quería una oportunidad, que me amaba y bla, bla, bla.

Reconozco que a veces flaqueaba porque, cuando las cosas entre nosotros iban bien, era un hombre increíble. Suerte que tenía a Menchu para recordarme que, cuando no lo hacían, se convertía en abominable.

Por su profesión, sabía muy bien dónde dar y cómo hacerlo para que las lesiones no se vieran y fueran lo más dolorosas posibles. Además de conocer mis flaquezas y usarlas para jugar en mi contra.

—Lucía, Lucía, ¿me estás escuchando?

Enfoqué los ojos hacia Analí.

—Perdona, creo que me he quedado empanada. La noticia no me ha sentado nada bien.

—Te preguntaba que qué piensas hacer.

Suspiré y apreté los puños, estábamos fuera del cuartito de enfermeras porque dentro estaba Tonia recibiendo todas las felicitaciones del mundo mundial.

—Ahora mismo estoy hecha un lío y un manojo de nervios, creo que no es bueno que me precipite.

La puerta se abrió y una sonriente nueva jefa de planta apareció en el vano.

—¿Qué te pasa, Lucía, no piensas entrar a felicitarme? ¿Tan mal perder tienes?

—Disculpa, Tonia, estaba hablando con Analí de un paciente. Mis más sinceras felicitaciones —dije con una sonrisa que no llegaba a mi mirada, muy al contrario que la suya, que plegaba sus ojos formando dos malignas ranuras.

—Sí, ya veo que te alegras mucho, se te nota en la cara. Pero no pasa nada, ya pondré a cada una en su sitio ahora que puedo hacerlo. Sobre todo a ti, que te lo tienes tan creído, haciéndote la buenecita con todos. Pero yo te tengo calada. Es como el cuento de la tortuga y la coneja. Te acaban de pasar la mano por delante cuando ya te veías vencedora.

—Dirás que es como el cuento de la tortuga y la liebre —la corrigió Analí—. Aunque permíteme que discrepe, ni tú eres una tortuga ni Lucía una liebre. Lo que eres es una lista que ha sabido muy bien a qué puerta llamar y dónde hincar las rodillas.

A Tonia le cambió la expresión de golpe.

—¿Me estás acusando de algo? Tu comentario es de lo más machista —observó con ponzoña.

—¿Yo? ¿Machista? Qué va. Me refería a que seguro que has ido a rezar mucho a la iglesia, se te ve cara de muy devota y de ir encendiendo más de un cirio para que te concedan el puesto.

—Te estás jugando todos tus fines de semana libres con esa actitud y tus acusaciones. Seguro que a tus hijos les encanta que seas tan entregada con tu oficio. No sufras por tu falta de fe, que yo te enseñaré a rezar y a encender cirios en tus largas guardias. Eso sí, online, desde mi sillón de masaje nuevo. El que voy a comprarme con mi primer aumento para que alivie el estrés de aguantaros. —Agarré del brazo a Analí, no quería que saliera perjudicada por defenderme. Murmuré por lo bajo un «Déjala, no vale la pena» que le hizo apretar los puños a mi amiga—. Ya que tenéis tantas ganas de trabajar, os tendré muy en cuenta a ambas. Voy a seguir con la celebración y vosotras, a currar, que hay muertos vivientes que os esperan y es lo que mejor se os da.

Cerró la puerta de golpe.

—Te juro que, si no me paras, voy a arrancarle esas putas extensiones y dejarle los ojos calvos. Después, iré a por sus garras de gel y, si me apuras, le pincho las prótesis de las tetas.

—¡Cálmate! —Tiré de ella para que se serenara. Conociéndola, era bastante imposible, pues era de mecha corta si detectaba que alguien trataba de dañarnos.

—Agrrr, es que es peor que Maléfica, Úrsula y la madrastra de Blancanieves juntas. No sé cómo Disney no le ha puesto copyright.

—Pues porque es tan mala que ni los de Disney la quieren, seguro que les hundía la película —rebufé.

Me esperaba un futuro de miércoles…, por no decir otra palabra. Igual mi amiga tenía razón y debía actuar en nombre del bien común. Nadie merecía tener a aquella tirana de los postizos como jefa de planta.

—Voy a hablar con el jefe y le voy a poner los puntos sobre las íes, que no se diga que no es porque no lo he intentado —expresé, más segura de lo que en realidad me sentía.

—Así se habla, ¡esa es mi chica! ¿Necesitas que te acompañe para hacer presión?

Negué.

—Juana de Arco actuó sola. Es mi salto de fe, solo quédate aquí por si es muy dura la caída.

—No pienso moverme, tranquila. En la carrera era muy buena con las suturas…

—Espero no necesitarlas, deséame suerte.

—Suerte.

El director del hospital, el señor Mejide, era un hombre sesentón, con un peluquín poco disimulado que daba la sensación de que fuera un aficionado a la taxidermia que hubiera matado a la ardilla de Ice Age para hacerse un postizo con ella.

Llevaba unas gafas de pasta oscura con las que pretendía darse un aire de intelectual de medio pelo que no llegaba ni al del humorista Eugenio.

Ojalá alguien tuviera las narices de decirle lo ridículo que parecía.

Estaba plantada frente a él mientras levantaba los dedos pidiéndome un instante para terminar de responder un email de la junta médica.

Tecleaba aporreando las teclas, usando un dedo de cada mano y pegando mucho el rostro a la pantalla.

Con franqueza, parecía mentira que aquel hombre hubiera sido uno de los cirujanos cardiovasculares más prestigiosos de nuestro país. Parecía más el marido de la carnicera a quien le hacía falta una buena revisión de las dioptrías.

Separó la cara, se ajustó las gafas y me miró, un tanto sorprendido por hallarse con mi presencia. Solo recordaba haber estado una vez en aquel despacho: cuando firmé el contrato para convertirme en enfermera.

—Ya está. Disculpe, enfermera… —titubeó, creo que no se sabía ni mi nombre.

—Jiménez, Lucía Jiménez, de paliativos.

—Eso, señorita Jiménez. Lo tenía en la punta de la lengua. Es que son tantas, que a veces me falla la memoria. ¿Qué la trae por aquí?

Resoplé por dentro, solo debería haber mirado el cartelito identificativo que llevaba sujeto en la bata para saber mi nombre. El mismo que, si no llevábamos puesto, por orden suya, recibíamos una amonestación.

—Vengo por lo del puesto de jefa de planta de mi unidad.

—Lo siento, llega tarde, ya se lo hemos dado a la señorita Antonia Luque Domínguez. Ahora mismo se lo estaba comunicando a la junta.

¿Por qué no me extrañaba que se supiera incluso el árbol genealógico de Tonia y no se acordara ni de mi apellido?

—Lo sé, yo también me presenté. Por eso mismo estoy aquí, para que me dé una explicación de por qué no he sido elegida para el puesto —dije con una seguridad que no sentía.

Se quitó las gafas y se cruzó de brazos, sonriente.

—Señorita…

—Jiménez —volví a recordarle con menos paciencia que antes.

—Jiménez. La señorita Luque obtuvo unos resultados brillantes, además tiene un expediente intachable y muy buenas recomendaciones.

—Ahí quería ir a parar yo. Tonia es la enfermera que menos rinde en la planta, es una mala compañera, si puede escaquearse lo hace, intenta tener siempre el mejor turno, casi nunca dobla guardias. Ni siquiera sé qué hace siendo enfermera cuando pone todo su empeño en tener las pestañas más largas de la plantilla en lugar de atender a los enfermos.

La mirada que me echó no fue muy agradable.

—¿Está poniendo en entredicho la profesionalidad de la señorita Luque?

—Por supuesto.

—Pues lamento decirle que la decisión ya está tomada. Si usted no ha sido seleccionada, será porque no tiene las aptitudes que buscamos en este hospital para ser jefa de planta. No todo es doblar guardias, a veces hacen falta otras cosas que solo los de arriba vemos y a personas como usted le pasan inadvertidas.

—¿Cómo estar liada con el nuevo jefe de urgencias? ¿Esos son los méritos a los que hace referencia?

Su cara se volvió a transformar, no sé ni cómo me atreví a soltar aquella pregunta.

—No me gustan nada sus insinuaciones. En este hospital no hay favoritismos y menos de la índole que está sugiriendo.

—Acaba de demostrarme que sí los hay. Yo merecía ese puesto, todos mis compañeros lo saben. Incluso nuestra antigua jefa de planta, la señora Urrutia, sabía que era la más válida. ¿Leyó su carta de recomendación?

—Leo todas las cartas. La de la enfermera jefe Urrutia era tan válida como la de la señorita Luque.

Me crucé de brazos.

—Ya, ¿y me puede decir quién se la escribió? ¿La dueña del salón de peluquería de la entrada? Porque es el único sitio donde hace méritos.

—Eso es información confidencial, a usted no le incumbe y, obviamente, no ha sido recomendada por la peluquera. Lo único que ha de saber es que la señorita Luque es su superior a partir de hoy y que deberá atender a sus decisiones.

—¿Y si no quiero? ¿Y si me planto? Usted no sabe lo tirana y poco trabajadora que es esa mujer. Igual llevo a mis compañeros a la huelga antes que tenerla encima.

—¿Me está amenazando? Piense muy bien lo que dice y las consecuencias. Tal vez debería plantearse si quiere seguir formando parte de la plantilla de este hospital.

—Me parece inaudito que estemos teniendo esta conversación, el puesto debería ser mío, mí-o. Me gustaría verlo a usted trabajando bajo las órdenes de sus afiladas uñas de gel, seguro que no opinaría lo mismo.

—Detecto cierta hostilidad hacia el físico de la señorita Luque. Si tanto se fija en su imagen, igual debería preocuparse más por la suya, que no le sentaría mal. Además, si quiere permanecer aquí, se deberá ir acostumbrando a ella. No voy a tolerar sus faltas de respeto, el modo en que cuestiona la profesionalidad de su superior o que ponga en duda la imparcialidad de mis decisiones y de la junta. Si la señorita Luque es la nueva jefa de planta, es porque lo merece más que usted. Y no hay más que añadir.

La ardilla de su cabeza tembló cuando subió el tono para hacer la última afirmación.

Golpearon la puerta y Mejide dio paso a la persona que estaba detrás.

—Adelante. Buenos días, Luque, pase. La enfermera… Jarama ya se marchaba.

Oír aquel apellido me erizó por completo. Incluso había obviado que el director me estuviera invitando a irme y se hubiera confundido de apellido, pasando por alto la credencial donde se leía muy clarito.

—Andrea, de Recursos Humanos, me ha pedido que pasara por su despacho para entregarle estos papeles. Decía que era urgente.

Oír su prepotencia me aceleró por completo. Estaba convencida de que me estaba mirando con cara de suficiencia, sentía sus pupilas clavadas en mi nuca.

—Sí, tengo que pasárselos a los miembros de la junta. No sabe lo orgullosos que estamos de contar con usted. Para este hospital es un orgullo que la recomendada del mismísimo Daniel Rivas lleve el mando.

—Daniel fue muy amable recomendándome. Y seguro que es una honra para el hospital contar con un traumatólogo con su dilatada experiencia y galardonado con innumerables premios como director de urgencias.

Ahora sí que el mundo se había detenido para mí. Era imposible que hablaran de otro Daniel Rivas. Ese era el nombre y el apellido de mi ex. ¡Si ya era malo tener a Tonia como jefa, no quería ni imaginar lo que sería tener cerca al monstruo de Daniel! ¡Y lo peor era que estaban juntos! ¡Los dos! ¡Contra mí!

Nunca conté lo que me había ocurrido en el hospital, no quería que sintieran lástima por lo que me había pasado. Solo Menchu y Analí conocían la realidad de mi «supuesto accidente doméstico».

Me atendieron en otro hospital distinto al que trabajaba, que quedaba más cerca de mi domicilio. Cuando recuperé la consciencia, pedí expresamente que en mi historial médico apareciera, como causa del ingreso, accidente doméstico.

—Señorita, por favor, puede salir del despacho —me increpó el director con impaciencia.

Las piernas se me habían entumecido, mi pulso rebotaba como una pelota de goma que habían sacudido en una caja. Él iba a estar en mi mismo hospital a diario, planeando con Tonia cómo hacerme la vida imposible. Si había aceptado aquel puesto, seguro que era para eso. Mi vida iba a convertirse en un infierno y no lo podía permitir.

—Quiero el despido —susurré de forma casi inaudible. No porque no quisiera que Tonia escuchara mi renuncia, sino porque no me salía.

—¿Cómo dice?

—¡Que me despida! —pronuncié con un chillido agudo. La paciencia de la que siempre hacía gala estaba llegando a su límite.

—No pienso despedirla, si quiere irse deberá hacerlo usted. El hospital no va a pagarle una indemnización por una rabieta infantil de que otra niña se haya quedado con su pupitre.

No pensaba irme sin que me despidieran, como mínimo necesitaba cobrar el paro. Vivía sola y no quería regresar a casa de mi madre, tenía muchos pagos a los que hacer frente.

Te juro que no sé de dónde saqué fuerzas para hacer lo que hice, y menos estando Tonia a mi espalda, pues hiciera lo que hiciera iba a correr como la pólvora. Puede que fuera lo mejor, así me aseguraría de que no les quedara más remedio que echarme.

Las palabras de mi madre actuaron como un acicate en mi cerebro, no podía ni quería silenciarlas.

«Tú sola eres quien debe dar el salto, yo estaré abajo para cogerte».

Me levanté y, en un ataque de enajenación mental transitoria, me propulsé hacia delante para darle un fuerte tirón a la pelambrera artificial. Se la arranqué de cuajo y me puse a golpear su rostro con ella de derecha a izquierda y sin parar. Los gordos mofletes se sacudían, vapuleados por la ardilla.

—¡Me va a despedir! ¿Me oye? ¡Me va a despedir! Aunque tenga que golpearle mil veces con su ridículo peluquín.

—¡¿Es que se ha vuelto loca?!

Agarró el matojo de mi mano y tiró hasta quitármelo de entre los dedos. Desprovista de mi arma de aniquilación, me hice con otra. Agarré la grapadora y la abrí por la parte de abajo; si lo hacías y apretabas, las grapas salían proyectadas hacia delante como verdaderos misiles. Lo sabía por propia experiencia, en el cole nos hinchábamos a hacer guerras de grapas. ¿No decía que era una rabieta de cría?, pues se iba a enterar.

Apreté el gatillo, alcanzado al director en el lateral del cuello y otra en la oreja. ¿No quería ir de moderno? ¡Pues toma piercing!

Aulló de dolor, usando la mesa como escudo. Se agachó para que no volviera a alcanzarlo, pero no pensaba detenerme. Iba a vaciar todo el cargamento sobre él. Estaba tan embebida en la reyerta que no oí los bocinazos de Tonia pidiendo ayuda y mucho menos sus pasos al entrar en el despacho.

Unos brazos masculinos me tomaron por detrás, bloqueando mis movimientos con un agarre que conocía demasiado bien.

—Quieta, cariño, te estás extralimitando. No querrás que te ponga en tu sitio delante del jefe —susurró la voz masculina tan cerca de mi pabellón auditivo que me eché a temblar.

El ataque de pánico que sufrí me hizo revolverme, desaforada. Ni siquiera recordaba las nociones de defensa personal que me había dado mi hermano para que me sintiera más protegida.

Solo quería salir corriendo, huir, librarme de él, de su olor, que me revolvía por dentro.

—¡Agárrela, Rivas, voy a llamar a los de seguridad! ¡Esto es un despido disciplinario en toda regla! ¡Ya puede ir olvidándose de este hospital y de cualquier otro!

Los ojos y los pulmones me ardían. Me sentía completamente descontrolada e hice lo único que recordé.

Cogí impulso y lancé hacia atrás la cabeza mientras clavaba la grapadora en el antebrazo de mi enemigo.

Me soltó de golpe y ni me lo pensé, salí corriendo y no me detuve hasta llegar a la calle.

Acababa de enfrentarme al monstruo de mis pesadillas y, aun habiendo escapado, no me sentía victoriosa por ello.

Había perdido lo único que me llenaba y me hacía feliz: mi empleo. Daniel no pararía hasta verme destruida.

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